Yom Kipur

Por Harvey Cox

El momento álgido, en todo juzgado, sea en el cine como en la vida real, se da cuando los miembros del jurado vuelven a sus asientos y el juez pregunta solemnemente, "Damas y caballeros del jurado, ¿han alcanzado un veredicto?" La multitud hace un silencio total. En una película, las cámaras enfocan a la audiencia, escogiendo los rostros más tensos. Esto no es lo que ocurre exactamente en el Templo Beth Sión a lo largo de la maratón de Yom Kippur, el Día de la Expiación. Pero esta bastante cerca.

Este es el día en el cuál los judíos enfrentan la muerte para resurgir a una nueva vida al anochecer, momento en que el juez anuncia por fin el veredicto. Por supuesto aquí no hay jurado y uno da el veredicto por supuesto. A pesar de nuestros pecados, nosotros nos repondremos. La misericordia del Dios es más grande que nuestra culpa, la bondad de Dios es más grande que nuestra crueldad insignificante. Somos libres, como dicen en películas de gángster, " echa a andar". Pero aunque desde el principio sabemos cómo resultará, no podemos evitar que nos asalten los temblores y la incertidumbre.

Aún para uno de afuera, o medio-de afuera como yo, el servicio de Yom Kipur es de una poderosísima dramaturgia. Así es que trato fuertemente de jugar el papel asignado de la mejor manera posible, al igual que todos los otros compañeros de ruta. Tengo mucha ayuda. Durante la mayor parte de Yom Kippur suelo sentir un dolor de cabeza lánguido ya que no debemos comer nada desde apenas antes de la puesta del sol de la tarde (que se llama Erev Yom Kipur) hasta después de puesta del sol del día siguiente . Nos abstenemos de beber (algunas personas evitan aún agua), nos abstenemos de actividad sexual y no llevamos zapatos de cuero ni cinturones por ser a la vez adornos y expresión de confort. Así que así estoy, padeciendo los retorcijones de hambre, un poco sediento (aunque yo me permito un vaso de agua de vez en cuando) y usando mi único par de zapatillas. El sexo es la cosa más alejada de mi mente. Un tostado de queso tiene más erotismo. ¿Por qué hacemos esto? Porque no habrá comida ni bebida ni sexo (ni adornos) en la muerte y Yom Kipur es como un muestreo de algunas de las calidades de la muerte para que cuando nos sea permitido vivir la vida otra vez, la sintamos aún más dulce.

Un rabino sugiere que algo acerca de la última rápida comida que se come antes de que se inicie Yom Kippur recuerda la comida final del preso antes de la silla eléctrica. Hay alguna verdad en el dicho que no hay nada mejor que un pelotón de fusilamiento para clarificar la mente por la mañana. Por alguna razón (que los fisiólogos podrán algún día explicar), el ayuno produce una clase de claridad mental, a pesar del dolor de cabeza.

En Erev Yom Kipur, el servicio nocturno empieza con una larga declaración de confesiones con las que casi cualquiera puede identificarse. Se pide el perdón por "el pecado que hemos cometido ante Ti endureciendo los corazones"y pasamos a mencionar "los pecados que hemos cometido antes Ti con la palabra"y "el pecado que hemos cometido ante Ti comportándonos mal con nuestro vecino", puedo confesar todas estas transgresiones porque puedo pensar en las numerosos veces que durante el año las he cometido, y es bueno sacarlas de mi pecho. Cuanto más mejor. Pero entonces viene una parte de la oración que en un principio me desconcertó. A diferencia de alguna oración cristiana, que pide también el perdón de Dios por el pecado que hemos cometido "sin conocimiento". Jesús en la cruz pidió a Dios que perdone a sus verdugos porque "ellos no saben lo que hacen", aún un niño de cinco años de edad sabe que él podría persuadir a su madre que no quiso romper el cochecito de las muñecas, de su hermana, ella podría no castigarlo. La pregunta me desconcierta. ¿Por qué debo ser reconocido como responsable por las cosas que he hecho involuntariamente y sin haber sido prevenido que estaban mal? Estaba reflexionando todavía este dilema cuando, unas pocas líneas más abajo, -la oración pasa a listar los pecados que hemos cometido "desdeñando a padres y a maestros"; "negando y mintiendo. .. Por soborno.... .. Por burlar, por difamar". Me parece duro, buscar implacablemente en la conciencia y recordar cuando he hecho estas cosas. Pero cuando llego "al pecado que hemos cometido antes Ti reclamando interés usurero" comienzo a preguntarme que es lo que confieso. La oración pasa a detallar cuando soy "obstinado", "chismoso", además de cuando siento "el odio sin causa". Esta sección del servicio religioso es seguida por las certezas del perdón de Dios, pero luego de unas pocas páginas otra lista de pecados aparecen. Aquí la congregación confiesa, "hemos tratado traicioneramente, hemos calumniado, hemos actuado perversamente. .. Hemos sido violentos, hemos mentido. nos hemos rebelado". Al llegar a esta parte, durante mi primer servicio de Yom Kippur, sentí que estaba listo para cruzar la calle, pedir un tostado de queso y dejar de confesar todas esas cosas. Puedo ser un pecador, pero el pecador que esas oraciones describen no me representa. Por supuesto no me fui; pero confesar cosas que yo nunca he hecho me molesta. Se me hizo imposible entrar de corazón en lo que es, para muchos otros, un servicio movido. Parecía que debía confesar -más de una vez - no sólo cosas de las que yo no estaba enterado, sino también largas listas de pecados que nunca pensé cometer. No parecía razonable. Sólo pude entender la lógica que anima a estos días cuando un rabino me explicó que los judíos no se arrepienten sólo de sus propios pecados sino de los pecados cometidos por toda la comunidad. No es de extrañar que me sintiera equivocadamente acusado. El concepto del arrepentimiento colectivo ha sido, hasta recientemente, bastante extraño a la mayor parte de los cristianos protestantes. Es cierto, en el Catolicismo hay comunidades enteras de monjes y monjas que interceden cada día por los que no tienen el deseo ni la capacidad de orar por sí mismos. Pero la tradición protestante, con su énfasis fuerte en la responsabilidad de la persona individual ante Dios, no ha mirado favorablemente estas prácticas.

Como Martin Luther una vez dijo, cada persona tiene que hacer un auto-arrepentimiento también tiene que sentir la propia muerte. Nadie puede hacer ni sentir estas cosas por vos. Sin embargo, las oraciones de confesión de Yom Kippur llegaron a ser en mi encuentro con el judaísmo uno de los momentos que más ampliaron y enriquecieron mi propia fe. Primero, con respecto a confesar pecados que no sabemos, y que no hicimos intencionalmente, por supuesto, a menudo lastimamos a otras personas sin intención y a veces aún sin saberlo. Sólo a veces nos enteramos luego cómo algo que hicimos o dijimos hirió a alguien dolorosamente. Pero es posible que haya muchos otros momentos en que hacemos cosas que hieren a alguien y de las que nunca nos enteraremos. Esta es la razón por la que he llegado a creer que pedir perdón por las cosas dañinas que hemos hecho aún sin saber, es saludable. Nos hace pensar con cuidado acerca de lo que pudimos haber hecho en el pasado y nos recuerda ser más cuidadosos en el futuro.

¿Pero qué tal confesar las cosas que otras personas han hecho? Aún cuando me di cuenta de que esto es una confesión corporativa, el concepto siguió siendo un problema para mí y aún lo es. ¿Mi pregunta es bastante sencilla: cualquiera puede arrepentirse verdaderamente por otra persona? ¿Luther no tenía razón? ¿No requiere el arrepentimiento un cambio de corazón en el trasgresor, una intención de tratar de mejorar? Uno de los puntos resaltados por los reformistas protestantes fue la inutilidad de tener a monjes y monjas intercediendo por nosotros -siendo que esta fue una de las principales razones- para la existencia del movimiento monacal. La teología católica sostenía que los monjes dibujaban "el tesoro de méritos" almacenado por personas que hacían buenas acciones, transfiriendo una clase de pago a las cuentas divinas de ésos por atrasos morales. Por supuesto con el tiempo hubo abusos terribles de esta práctica. Las personas ricas podían pagar grandes sumas por la salvación de las almas de sus seres queridos -y eventualmente -las suyas propias. Algunos pensaban que si ellos donaban suficiente para los monasterios, ellos podrían vivir vidas de violencia y promiscuidad descuidadas mientras las hermanas y los hermanos apacibles intervenían fielmente por ellos durante la mañana, mediodía y noche ante el trono de la gracia.

Luther, que había sido un monje agustino en su juventud, condenó por completo esta idea. Pero a veces no es enteramente claro en sus escrituras y no sabemos cuando condena una práctica religiosa y cuando condena la corrupción y el mal uso de la misma. Los protestantes oran por otras personas, por su salud y bienestar, aún por su salvación. Pero ellos no se arrepienten por ellos. Como morir, esto es algo que cada uno tiene que hacer por sí mismo.

Todavía, no estoy completamente satisfecho con esto. Parece promover una forma extrema de individualismo religioso. Uno puede ver cómo esta clase de pensamiento encontró su expresión en el pietismo post-luterano de Soren Kierkegaard y luego en su versión atea en el existencialismo de Jean-Paul Sartre. Kierkegaard pidió que la inscripción en su lápida diga "el Solo" y dijo a su prometida, Regina Olsen, que no podría casarse porque eso diluiría su relación necesariamente solitaria y directa con Dios. En uno de sus más destacados ensayos, el filósofo judío Martin Buber dice de Kierkegaard, "es a través y no a pesar de Regina Olsens que llegamos a Dios, en este mundo". Creo, con Buber y contra Kierkegaard, que llegamos a Dios gracias a los lazos humanos que construimos. Estamos ligados con lazos más profundo que la piel. Pero creo también, con Luther, que hay algunas cosas que tenemos simplemente que hacer nosotros mismos. Y todavía me pone incómodo la idea de arrepentirme por los pecados de otra persona o que otra persona se arrepienta por mí. Obviamente, esto no es sólo una preocupación personal. Señala un asunto mucho más importante en el área de la moral pública: ¿Puede una entidad corporativa -una nación, una tribu, una persona -arrepentirse? Después de la Segunda Guerra Mundial, las iglesias protestantes alemanas publicaron una declaración de arrepentimiento por sus pecados de omisión y comisión en el Tercer Reich. Lo publicaron, además, no sólo en nombre de las iglesias (incluyendo, presumiblemente, a los miembros que estando vivos durante ese período ahora estaban muertos), sino también en nombre del pueblo alemán. Era un reconocimiento bienvenido. ¿Pero que significó? ¿Cuántas personas, de cuántas iglesias votaron para que la declaración fuese sinceramente representativa? ¿Tiene tal declaración, por ejemplo, validez si se vetó algún voto? ¿Cómo pueden hablar las iglesias en nombre de nadie más que de sí mismas?

Entre Católicos este asunto asume formas diferentes. Según la doctrina católica, el Papa puede hablar en nombre de toda la iglesia. Por lo tanto, presumiblemente, cuándo el Papa Juan Pablo II publicó su famosa disculpa durante la Cuaresma del Año 2000, él no hablaba como Karol Jozef Wojtyla, su disculpa, por los pecados que la Iglesia había cometido contra mujeres, contra los judíos, contra personas indígenas, y contra muchos otros, era en nombre de casi mil millones de Católicos en el mundo, y quizá incluso, en su mente por lo menos, en nombre de todos los cristianos.

¿Pero mis preguntas siguen presentes: puede cualquiera, inclusive el Papa, disculparse por mí? ¿Qué hay de todos esos cristianos que colocan todavía a las mujeres en una posición inferior o mantienen una actitud fea hacia los judíos? Estas son las preguntas difíciles. Oímos a veces que América debe disculparse formalmente ante Japón por haber dejado caer las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. La verdad es que después del fin de la guerra, un grupo de protestantes Americanos teólogos y líderes de iglesias exigieron una declaración de arrepentimiento. ¿Pero quién tendría la autoridad moral para hacerlo hoy? Bill Clinton, el presidente de los Estados Unidos en 1995, que señaló el quincuagésimo aniversario de los bombardeos, no había nacido aún cuando las bombas fueron arrojadas. Muchas personas mayores, especialmente algunos que estaban en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, se opusieron a tal disculpa, insistiendo que el pueblo japonés se debía disculpar primero por Pearl Harbor. El mérito de cualquiera de estas ideas, choca con el mismo obstáculo que encuentran los que quieren que América se disculpe por la esclavitud, por el asesinato de Indios Americanos, o por cualquier otro pecado obvio y grave nacional. La pregunta es muy básica: ¿quién tiene la autoridad para expresar una disculpa tan penitente, y en nombre de quien habla esa persona?

Otra pregunta respecto de Yom Kipur surge de mi incertidumbre acerca de ¿quién está incluido en el corporativo "nosotros" de las oraciones judías de arrepentimiento? Aquí la vieja tensión entre particularismo judío y universalismo judío aparece otra vez. ¿Oran los judíos para que todos los judíos sean perdonados, inclusive los impenitentes? ¿Si ese es el caso, a quienes se incluye en la categoría de judíos?, la controversia acerca de "¿quien es judío?", ha hecho las fronteras de la comunidad menos claras, lo cual hace la respuesta más difícil. ¿Pero supongamos que se incluye a todos los judíos de cualquier categoría, todos, inclusive ateos, seculares; qué ocurre con el resto de nosotros? ¿Se arrepienten los judíos en Yom Kipur por todos, por todos nosotros? Esto parece ser una alta exigencia. Es posible que haya unos pocos millones de judíos impenitentes en el mundo que necesiten tal intercesión, pero hay mil millones de no- judíos que -si tales oraciones de terceros no los incluyen -son descuidados. ¿No es injusto que relativamente pocas personas que son impenitentes, pero afortunadas al tener quién se arrepienta por ellos (porque son judíos) tengan una posición más favorable ante Dios que los que no son tan afortunados? Esta discusión puede parecer bastante tonta. Pero la incógnita fundamental de la relación entre lo corporativo y lo individual sigue en pie.

Hay dos asuntos diferentes pero estrechamente relacionados aquí. Uno es si debo arrepentirme por mí mismo o si el grupo al que pertenezco puede arrepentirse por todos los que forman parte de ese grupo. El otro es si una entidad, una nación, un país, o un grupo religioso, puede arrepentirse y alcanzar el perdón para él mismo o para los que son completamente de afuera. Al reflexionar sobre estas preguntas, pensando que quizá era mi propia educación la que transformaba estos cuestionamientos en algo tan difícil, me alivió descubrir -como en muchos otros asuntos -que no era sólo mi educación. Los judíos se preguntan acerca de los mismos asuntos. Acerca del arrepentimiento individual, el Rabino Everett Gendler, en un comentario de Rosh ha-Shanah, observa: "El proceso de teshuva individual (el arrepentimiento -literalmente, el retorno) es tan exigido y requiere tal concentración que no veo cómo podemos lograr conciliar dentro de los grupos a los que pertenecemos, al mismo tiempo. Grupos de renovación y reparación se deben hacer, pero es tan fácil de desviar la teshuva personal que quizás hagamos mejor en no tratar de encontrar justificación para ello incluyendo la teshuva corporativa en Rosh ha-Shanah."

Pasa luego a sugerir que quizá sería preferible "adoptar un proceso más frecuente de teshuva personal cada Sábado, a lo largo de todo el año". El asunto que es que este rabino lucha con un malestar: ¿cuál es la conexión entre las responsabilidades espirituales del individuo y las de la comunidad? Esto puede ser un área en los que judíos y cristianos pueden ayudarse unos a los otros. Los cristianos practican teshuva personal en forma semanal- pero tienen un débil sentido de responsabilidad corporativa. Según el Rabino Gendler, los judíos pueden tener el problema opuesto. En todo caso, lo que he aprendido de mi lucha interminable con la idea de teshuva es esto: la idea fundamental es que las personas pueden cambiar. Tanto el Judaísmo como la Cristiandad, en oposición a muchas formas del determinismo que domina hoy nuestra cultura, insisten en que los seres humanos fueron creados con la libertad de examinar sus vidas y -que con la ayuda de Dios y de su prójimo -pueden reparar sus acciones y alterar el curso de su destino. Nosotros no estamos determinados totalmente por genes ni por nuestra educación, aunque éstos, y muchos más factores, suministran la materia con la que debemos trabajar. Nuestro destino fue nacer en un siglo y no en otro, con un color particular de piel, con cierta capacidad mental y con un género. Pero lo que hacemos con todo esto depende de nosotros. En la corte de Yom Kippur, ninguna de las excusas ofrecidas en los tribunales de este mundo por consejos de defensa creativos son aceptables. El juez sabe que somos libres y que podemos cambiar, si así lo decidimos.

Tengo otro asunto con Yom Kippur. ¡Si podemos confesar los defectos de otras personas, puede que ganemos también de sus virtudes! Aquí, siempre me ha parecido que alcanzamos una precaria división entre Judíos y Cristianos. La mayoría de los Cristianos, aunque sospechen de la confesión, cree en la expiación por referencia: la idea que por la virtud o el sufrimiento de alguien otra persona se pueda beneficiar. Los Católicos enseñan que se puede utilizar "el mérito atesorado", almacenado para todos por la rectitud de los santos y que entonces uno se puede beneficiar de la muerte de Jesucristo que expió nuestros pecados. Los protestantes, representando una fe más individual, rechazan generalmente la intercesión de santos, pero ellos creen que la vida inocente de Cristo y la muerte inmerecida proveen de la fuente primaria de reconciliación con Dios.

Por décadas tuve la impresión que una diferencia teológica mayor entre judíos y cristianos corría por esta línea. Los Judíos, había leído y oído (incluyendo a muchos Judíos) simplemente no creen en la expiación por referencia, mientras que Cristianos si lo hacen obviamente. Aún más, llegué a creer que mientras los Cristianos dependen de la gracia de Dios para recibir la misericordia y el perdón, los Judíos deben demostrar sus actos de la compasión que pesan más que sus actos de egoísmo. Pero ahora este también ha llegado a ser otro punto que he tenido que desechar en mis viejas ideas. Durante el servicio tradicional de Yom Kippur, fue costumbre, y aún está presente en muchas congregaciones, contar el cuento de Diez Rabinos Mártires. Estos rabinos fueron muertos por las autoridades romanas al negarse a obedecer las órdenes que prohibían sus prácticas religiosas después que las legiones habían reprimido la rebelión dirigida por Bar Kojba, en el siglo II EC. ¡¿Por qué es esta saga relatada otra vez?! Aquí está lo que un eminente rabino Ortodoxo, Americano Irving Greenberg, dice al respecto: "de una manera, los Diez Rabinos, como Isaac, fueron invocados por la expiación por referencia: el mérito de su devoción y el martirio debe ganar el perdón para sus descendientes, las personas vivas de Israel". Hoy, él agrega, los mártires del Holocausto son invocados a veces de la misma manera. Esto tiene sentido. ¡En una tradición como el Judaísmo, que acentúa la naturaleza corporativa de la vida humana, por qué uno no podría beneficiarse hoy de la vida de los justos que ha habido antes! Nos beneficiamos de esa larga data en muchos otros aspectos. Abrigamos la música que ellos compusieron, sabemos los libros que ellos escribieron, la maravilla de los retratos que ellos pintaron, y utilizamos los descubrimientos científicos que ellos hicieron. ¿Por qué no debemos beneficiarnos de ellos en el nivel espiritual? Se debe decir también que padecemos de muchas de sus locuras, lloramos todavía los muertos de sus muchas guerras, y apenas comenzamos a limpiar lo podrido en que han convertido nuestros ríos. Pero eso es otro cuento. Sí, pero, una respuesta Judía ha sido. "¿Por qué enfocan los Cristianos tanto en Jesús, en sus méritos de hombre y muerte de mártir?" Es una pregunta justa. Mi propia respuesta es inspirada por el artista francés George Rouault y sus retratos vívidos de la crucifixión en su serie de Miserere. La convicción de Rouault, derivado de Pascal, fue "Cristo estará en la angustia hasta el fin del mundo". En consecuencia, él junta sistemáticamente las Estaciones tradicionales de la Cruz con descripciones del sufrimiento de personas ordinarias, mientras Cristo es llevado a su lugar de tormento y de muerte, vemos a un preso que lleva a una mujer solitaria a un suburbio árido o a un pobre viejo morir sólo en una vivienda. Cristo continúa sufriendo, la serie de Miserere nos lo muestra junto con todos los que sufren injustamente en el mundo. Cuándo los Cristianos dicen que sufrió y murió por nosotros, con el "nosotros" están significando eso y en algún sentido, la clase de personas que retrata Rouault sufren y mueren por nosotros también, y si ellos son, o fueron cristianos no hace diferencia. Desde esta perspectiva, no hay ningún motivo para que los Diez Rabinos Mártires del servicio de Yom Kippur no deban ser incluidos. Quizás algún día los Judíos puedan recordar que Jesús de Nazaret fue también un rabino martirizado por los romanos. Mi comprensión de expiar la muerte por referencias de Cristo no es compartida por todos los cristianos. Algunos Cristianos insisten que Cristo murió sólo por nosotros. Pero si Jesucristo era humano, como todos los cristianos creen, entonces su sufrimiento no puede ser completamente aislado de todo sufrimiento humano. "Ningún hombre es una isla" como John Donne nos recuerda, y esto incluye a Jesús. La espiritualidad Católica ha reconocido correctamente esto, a través de los años, en la devoción que ha alentado a profesar a María, por las penas como madre de Jesús. El sufrimiento de una persona causa inevitablemente el sufrimiento de otros. Esta idea ha llegado a ser cada vez más valiosa para mí y juega un papel importante en el misticismo Cristiano, así como también en las teologías feministas y en las teologías de la liberación. Estamos en esto todos juntos. Otro punto de convergencia entre Judíos y Cristianos es la polémica pregunta acerca de la gracia y las buenas obras. Al fin del servicio de Yom Kippur, habiendo orado por la misericordia y el perdón, los Judíos finalmente se apelan totalmente a la misericordia del tribunal. Como el Rabino Greenberg dice: "Esta expiación ese otorga por gracia divina; está mucho más allá propio esfuerzo o el mérito del individuo." Me asombré cuando leí por primera vez esta oración. Martin Luther promovió toda una reforma al predicar la sola gracia. Cuando la hora de la decisión de perdonar o de sentenciar finalmente llega, los Judíos adhieren a la misma esperanza. Otra vez, el Rabino Greenberg: "Muchos Judíos asumen que sólo la Cristiandad hace foco en la gracia y en los méritos del sacrificio de otro pero en tiempos bíblicos, el culto del Templo tenía tonos sacramentales fuertes. Los Judíos modernos harían bien en recuperar el sentido de la gracia que nos trae perdón aún cuando nosotros no lo ganemos por nosotros mismos: Esto es otro caso en el que las convicciones centrales de Judíos y Cristianos han sido distorsionadas por siglos de polémica. Los Cristianos han oído con frecuencia que creemos en la justificación por la gracia (o en el caso de Católicos, por obra y gracia), mientras que los Judíos creen que ellos son absueltos si adhieren a los preceptos de la Ley. Los Judíos también lo aprenden así, por lo tanto para millones de Judíos y Cristianos comunes, esta diferencia ha llegado a ser una marca contrastante cuando no una contradicción plena.

La verdad, sin embargo, es bastante diferente. Quizá el término "absolución" con su tono frío y judicial, ha confundido a todos. La pregunta fundamental es sencilla: ¿Cómo Dios y los seres humanos entran en una relación fructífera uno con el otro? ¿Podemos, de algún modo, tener el privilegio de la compasión de Dios? ¿O Dios nos ama y nos perdona independientemente de nuestros méritos? ¿O es en realidad alguna mezcla de las dos?

Los teólogos Católicos en los últimos años, responden más próximos a lo que se ha considerado la posición "protestante", insistiendo que en el análisis final, nadie entra en presencia de Dios salvo por la gracia de Dios. Y los Judíos, libres ahora de la nece